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Ser, estar, sentir en el medio rural

Ser parte activa en el discurrir de los acontecimientos es una parte central del ser humano. Allá donde estén, las personas necesitan sentirse partícipes de la evolución de su entorno, de las decisiones que afectan a su hábitat y a su forma de vida.
A pesar de  la gran  capacidad de adaptación  del ser humano a los cambios -algo que hace que no sea fácil privarles de su ser- ante la imposición de realidades cambiantes, es inevitable la aparición de malestar y de conflictos.
Una de las principales obsesiones de los poderosos es conducir el curso de las cosas acometiendo sus imposiciones  sin que se note, es decir, sin que el malestar se visibilice y sin que los conflictos alcancen intensidades críticas.
Las gentes del mundo rural están demasiado acostumbradas a sufrir los efectos de las imposiciones que se fraguan en lejanos centros de poder sin casi llegar a conocer sus orígenes ni sus motivos; a emigrar; a abandonar sus formas de vida sin saber cómo ni por qué. Algunas han llegado a identificar conflicto con problema y condenan todo lo conflictivo, cuando en realidad esto es la consecuencia deseable de la violencia (unas veces física y otras no) que ejerce el poder.
Sin embargo, hay ocasiones en que la abrumadora velocidad de los cambios hace que el sentimiento de ser un observador/sufridor pasivo de los mismos y de otras tantas decisiones y políticas impuestas hace imposible encontrar consuelo en los míseros cauces de participación que nos concede el sistema.
El entorno rural nos ofrece una posibilidad de ser distinta, que básicamente se caracteriza por una relación diferente con la tierra y con el resto de especies de seres vivos (incluidos nuestros vecinos). Algo nos ha llegado de una herencia ancestral que nos conduce hacia una especie de fusión con la tierra, de tal manera que los atentados contra la misma son atentados contra nuestro ser y verdaderamente así lo sentimos. Un nuevo terruño que desaparece bajo el hormigón, una carretera que se desdobla y arrebata una franja más de campos, una familia campesina que abandona la actividad… No suceden ante nosotros de forma intrascendente sino que experimentamos un sufrimiento y se desata una alerta en nuestro interior. Más si cabe cuando lo consideramos parte de un plan global trazado hacia el sometimiento de todo lo originario.
Quizá el ser diferente en el medio rural tiene algo de “aborigen”. No tratamos de desarrollo rural, ni de que “venga gente a los pueblos por que sí” en una especie de fiebre por la repoblación, ni de “encontrar nuevos yacimientos de empleo” en un esfuerzo titánico que choca con un abrumador flujo económico opuesto a lo rural y lo agrario.
Se trata de que nos dejen ser y de que los pueblos sigan siendo un lugar donde ser diferente, porque, dejando a un lado nuestros deseos y sentires, ahora se postulan como más necesarios que nunca espacios donde poder ser de otra manera, ser indígena como salida al caos, donde fundirse con la tierra si queremos sobrevivir dignamente junto con el resto de especies.
Las imposiciones/agresiones sobre el medio rural suelen proceder de élites al servicio de voraces intereses que ven en el medio rural una cantera de recursos naturales y humanos que introducir en sus procesos económicos y bélicos, que básicamente consisten en acumular poder y capital, tarea para la cual los seres que lo habitan suelen ser un impedimento ante el cual, o son transformados o son expulsados (cuando no eliminados). Históricamente lo han intentado de las tres maneras. Hoy siguen perpetrando el ruralicidio con diversidad de estrategias según el momento y el lugar del globo que se trate. Y lo han conseguido con aproximadamente la mitad de la población del planeta.
El campesino es la fusión de la sabiduría con la tierra, opuesto a la jerarquía y a la acumulación. El sistema prefiere empresarios agrícolas/ganaderos eficientes, clientes de las industrias agroquímicas, que no cuestionen -desde un ser auténtico-, la lógica de competencia por la tierra y explotación de la naturaleza, que desaparecen fagocitados unos por otros en una carrera acelerada hacia la concentración de la propiedad y el poder sobre la cadena alimentaria por un pequeño oligopolio agroindustrial.
Aunque han allanado bastante el camino, los poderosos (no confundir con los políticos), no deben creer que pueden pasar  por encima de la voluntad de  quienes quieren  vivir el ser auténtico en el medio rural, llamémosle campesino, aborigen o indígena, porque ellos y ellas son la prioridad en un mundo en que la propuesta de la dictadura del mercado (o la democracia de consumo) se agota. Queremos hacernos escuchar y explicar nuestro sentir. Y tengan por seguro que no nos quedaremos ni con el sufrimiento ni con la rabia dentro, es malo para la salud.
Para empezar, queremos decir que los vecinos de los pueblos somos algo más que beneficiarios o receptores de servicios, luz, saneamiento, teléfono, televisión… competencia de tal o cual administración, sea el municipio, el neo-distrito o la vetero-diputación.
Los vecinos de los pueblos somos el pueblo, el “demos”, de “demo-cracia”. No vivimos en un municipio: SOMOS el municipio.
Pareciera necesario aclarar este punto a tenor de las propuestas y los debates sobre “ordenación” del territorio y reforma de la administración local. En un vaivén de competencias las administraciones van delegando, parece ser, de arriba hacia abajo hasta llegar al municipio. Pero no. La cosa no es así. Somos los vecinos quienes delegamos, o no, hacia arriba, ojalá, hacia formas de gestión democráticas y controladas desde la base. No olvidemos esto. No somos consumidores, sino seres con capacidad reflexiva y decisoria.
Tengamos esto claro si queremos  defendernos del asalto sobre lo poco que aún controlamos de nuestro hábitat: Tierra, agua, vida. El camino es recuperar y recrear la soberanía vecinal, fundiéndola una vez más con la defensa del territorio, para nuestro derecho a ser rural. No existe democracia si no hay nada sobre lo que decidir.
Por eso la principal agresión contra la democracia vecinal es la apropiación de lo común (la propiedad, en un proceso inusitado de concentración y acumulación), tierra, agua, caminos, pastos, servicios; y la contaminación de todo; pero, también y sobre todo, la condena de nuestra forma de ser, estar, sentir.